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Russafa Unas mujeres de la Plataforma per Russafa me pidieron hacer un artículo para poner en marcha una página web. Lo he aceptado. En principio porque todo lo que sea pensar sobre la ciudad y tomar una participación activa y solidaria sobre el barrio en el que se vive no sólo estoy de acuerdo sino que es el comienzo de una aventura que comparto y respeto; y porque creo que estos asuntos y comportamientos son democracia, una democracia activa. Una democracia bien entendida tiene voz y también tiene voto, aunque ambos sean dificiles de ejercitar con un gobierno como el que tenemos ahora los valencianos, que actúa las más de las veces con un populismo engañoso, que ni consulta ni oye, que hace y deshace lo que le parece como si los ciudadanos fuéramos menores, sin opinión, que sólo servimos para aportar dinero y para mirar embelesados sus ocurrencias. Sin embargo, la ciudad es de los ciudadanos. De todos los ciudadanos. Entre todos la hicieron a lo largo del lento quehacer cotidiano del pasado, y entre todos la vivimos, le damos nuevas formas y vamos construyendo, a menudo inconscientemente, los hilos del presente, presente que une y marca nuestro futuro. El barrio de Russafa es uno de los más antiguos de la ciudad. Y se mantiene vital y alegre a pesar de su falta de servicios, como plazas escolares, espacios deportivos, locales de reunión, aparcamientos, centros sanitarios y protección y mantenimiento de la edificación en su conjunto. Y también padece, por desgracia, una importante carencia de árboles y de vegetación. El barrio sólo posee un pequeño parque, que desde luego no es suficiente para la extensión y población de Russafa. La falta de cuidado que éstos, los árboles, sobre todo los que puntean las calles, tienen que soportar, sin guías apropiadas que los protejan y encaucen su crecimiento, e incluso el maltrato al que están sometidos debido en gran parte al cada vez mayor tráfico rodado que invade algunas de sus calles y también las aceras e incluso los alcorques, hace que estos crezcan con dificultad y no se desarrollen como debieran, a menudo raquíticos y cortos de vida, héroes ante las dificultades que padecen (y esto es desgraciadamente válido para toda la ciudad. Y no hablemos de las feroces y poco profesionales podas). Y sin embargo los árboles - en la calle, en los pequeños y grandes parques, en las plazoletas, en las esquinas, en las avenidas- son absolutamente necesarios no sólo por su gran belleza ni porque ayudan a crear entornos propicios para que jueguen los niños y descansen los ancianos; no sólo porque aportan confort y apoyan la sociabilidad en general ni porque tamizan los ruidos demasiado fuertes y la intensidad de luz de nuestros veranos y parte de nuestros otoños y primaveras, sino también porque ayudan a regenerar el microclima, porque refrescan el aire con su transpiración, porque absorben y filtran el polvo, porque durante el día emiten oxígeno, porque, en fin, ayudan muy eficazmente a limpiar la atmósfera degradada y contaminada de las ciudades y a regenerar su medio ambiente. Viendo las ciudades del norte de Europa, llenas de árboles sanos y corpulentos, bellísimos, y que cada uno de ellos es estimado, amado y cuidado, el viajero no puede por menos que admirar esa conciencia urbana que parece no querer romper totalmente con la naturaleza o que por lo menos la añora. Y el viajero piensa, siente que los árboles constituyen uno de los puntos clave para que una ciudad sea grata, hermosa, sostenible. Y si eso es así para las ciudades del norte ¡cuanto más debería de ser para estas latitudes y estos tiempos, con un calor y sequía que van en aumento.  Frescor d'arbre al Parc M.Granero Por lo tanto, si necesitamos cuidar la vegetación que ya tenemos y plantar mucha más, convendrán que es inoportuno, profundamente decadente, insostenible, torpe, fuera de nuestro tiempo y que evidencia una trasnochada idea en cuanto a las prioridades de una ciudad moderna lo que el ayuntamiento quiere pactar con los vecinos: hacer plazas de garaje bajo el único pequeño parque existente hoy por hoy en todo el barrio. ¡Justo ahí! Esta asociación de vecinos ha declarado, y con justa razón, que el parque es innegociable. Pero ¡cuidado! hay otra cosa muy preocupante que en este momento planea sobre Russafa como un águila de aguda y oscura mirada: las pretensiones de que esta parte de la ciudad tan bien situada, próxima al centro y al futuro Parque Central, se convierta en un barrio de lujo. Habrá que estar muy alerta si Russafa quiere continuar siendo la Russafa que todos conocemos, abierta y cosmopolita, pues así le ha tocado, llena de pequeños comercios, de bares y de restaurantes, vital y diferente. Con remiendos, si, y con carencias y profundas necesidades que deberán de ser solucionadas. Y también en este barrio, que es pobre y no tan pobre, pequeño burgués, barrio popular hasta la médula, existe algo de entrañable. Un barrio donde cada ciudadano tiene un nombre, y por lo tanto no es anónimo, y donde cada uno es querido o rechazado, pero no ignorado. Trini Simó
Professora d'Història de l'Art Universitat Politècnica de València
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¿Vivimos una realidad paralela o esto de las capitalidades europeas es un politiqueo sin fundamento?
¿Cómo puede compatibilizar el Ayuntamiento esa doble moral de erigirse en Capital Europea del Árbol y al mismo tiempo pretender destrozar el frondoso y variado patrimonio arbóreo que supone el Parque Manuel Granero con el objetivo de construir un aparcamiento en su lugar y sustituir esos majestuosos ejemplares por unos patéticos arbolitos colocados en macetones?
Algo huele a podrido en Valencia. Pero ahí estaremos para sacar a la luz esa otra Valencia que no sale en los publi-reportajes.