Escrito por Ramón Martínez
Cuando el joven Manuel abandonó su futuro de violinista para dedicarse a torear no podía saber que iba a morir a los veinte años, y de eso hace ya más de ochenta. Luego, como suele ocurrirles a los muertos famosos, le dieron su nombre a una plaza de su ciudad. Está en el barrio de Russafa, y se llama Plaza de Manuel Granero.
En ese lugar hay niños que pintan los árboles de azul, verde y rosa, rodeando el tronco y alzando su mano hasta donde alcanzan, mueren palomas en silencio y cuando empieza el verano todo el suelo se cubre de flores amarillas, que entristece ver barrer cada mañana. Bajo un olivo ha brotado una mesa solitaria que tiene pintado un tablero de ajedrez. Los gritos infantiles corretean entre los setos y trepan a los árboles y asustan a los pájaros. Hay una anciana que todos los días de primavera sale con su silla de ruedas, deja caer hacia atrás su cabeza y mira hacia el cielo con su boca abierta formando un círculo sin dientes. Una perrita come trozos de coco mientras su dueño se repantiga
sobre un banco de madera como si sólo fuera para él. Algunas noches frías del invierno hay mendigos invisibles que duermen bajo los toboganes por los que a la salida del colegio los niños se dejan resbalar y se creen héroes.

En las esquinas del parque se encienden tartas de cumpleaños con pocas velas y los padres observan desde detrás de la cámara de video. Nubes de piernas persiguen una pelota imaginando un campo de fútbol infinito y sin porterías, esquivando triciclos de colores y cristales rotos. Los ojos de los más pequeños saltan las barandillas y se asoman a la fuente, que les parece un estanque gigante que amontona en sus esquinas ramas y papeles y plásticos y pájaros sucios, pero ellos sólo ven hojas de árbol que después de su acrobacia en el aire caen al agua y se convierten en un barco para siempre. Hay bancos en los se descubre el humo y el amor o el odio, desde los que se desafía al mundo o se recuerda todo lo que se deja atrás, enredado en demasiados calendarios. El día que cierran la escuela siempre viene un mago que tiene una varita ágica que se desmorona y hace que aparezca el siete de corazones donde menos te lo esperas, mientras los espectadores toman horchata y empanada gallega al ritmo de una música de verbena de pueblo. Porque eso es lo que este parque ofrece a los vecinos de este barrio de Valencia: su plaza de pueblo: y ahora las autoridades municipales proponen construir debajo un aparcamiento, arrancar sus árboles y cortar la respiración de barrio durante algunos años. Y además aseguran que después todo será como antes y que las raíces podrán crecer hasta el segundo sótano si es necesario. Todos sabemos que eso ya no será posible en este lugar que nunca se convertirá en patrimonio nacional, pero sí lo es de los habitantes de Russafa.
Manuel Granero murió como consecuencia de las cornadas de un toro una tarde de 1922. El toro se llamaba Pocapena.
Autor: Ramón Martínez Casanova